Es curioso. Durante años estuve tratando de convencer a la Xime de que tuviéramos otro hijo y no hubo caso. Y ahora, cuando nuestros hijos son casi unos adolescentes y nos empezábamos a preparar para su alejamiento, apareció un nuevo heredero.
Sinceramente, hace mucho tiempo que no sentía una felicidad tan grande, y no es porque en mi vida falten los momentos felices, sino porque es difícil comparar la paternidad con algún otro tipo de experiencia.
Las mujeres normalmente nos discriminan diciendo que lo que una madre siente por sus hijos es único, y les creo. Sin embargo, no son capaces de darse cuenta de que lo que los padres sentimos por esos mismos hijos también es único.
La intensidad de las emociones y sentimientos que un hijo genera es incomparable: sus alegrías me regocijan como a un cabro chico y sus dolores y tristezas me parten el alma (y no es metáfora).
De vez en cuando me cargo a la introspección y hago el ejercicio de revisar mi vida. Lo típico, ¿qué he hecho bien?, ¿qué hecho mal?, mis mayores alegrías, mis mayores tristezas etc.
Curiosamente la mayor tristeza que he sentido en mi vida no la sufrí por algo que me pasó, sino por algo que soñé, o más bien, por algo que "pesadillé".
Una noche desperté llorando, el pecho me oprimía y respiraba apenas. Después de unos segundos de desorientación y angustia me dí cuenta de que había tenido una pesadilla en la cual ví al Peladito sufrir un accidente y se me moría.
Yo sabía que no era verdad, eso no había ocurrido, era mentira, y sin embargo no pod�a sacarme el dolor de encima. Me clavaba el pecho como una estaca y no me dejaba moverme. Era casi como estar dentro de un ataúd y no poder salir por más que lo intentase.
Nunca, nunca he sentido un dolor tan grande como ese. Y era una simple pesadilla!!
Como contrapartida, mis momentos de mayor felicidad han sido, por lejos, el del nacimiento de mis hijos.
En más de una oportunidad he señalado que me importa poco en qué trabajar o qué profesión poseer, porque la única vocación real que tengo es la de ser padre: nací para querer a mis hijos, para cuidarlos, para enseñarles lo poco que se, para ayudarlos a llevar sus vidas hacia donde ellos escojan y para verlos partir cuando se sientan listos.
¿Qué puede ser mejor que eso?
