En mi familia tenemos una costumbre desde hace varios años: para cada cumpleaños y para Navidad, cada uno de nosotros hace una lista de los regalos que le gustaría recibir. De esta forma nos evitamos la incertidumbre de andar adivinando.
Como es natural, hay regalos que por su alto costo se repiten año a año en la lista de alguien y ya bromeamos con ellos, como por ejemplo el Playstation de Iván o mis Obras Completas de Shakespeare.
Con el paso de los años esta lista evolucionó. Ya no es una simple lista de supermercado o un catálogo de mall. De pronto empezó a incluir anhelos y esperanzas, cambios que creemos que nos pueden dar una vida más plena. A veces lo pedimos para nosotros y otras veces el deseo involucra a otros que queremos bien.
De esta forma, la lista de Navidad de la Xime partió pidiendo que nuestro nuevo hijo "nazca sanito". Un deseo que todos compartimos y que es la forma de decirle a Dios que no pedimos nada más que salud, y que todo lo demás corre por cuenta nuestra.
Debo decir que yo estuve a punto de pedir lo mismo en mi lista pero me pregunté ¿y si no es así, qué pasaría?.
La verdad es que no me demoré mucho en contestarme y la respuesta fue rotunda: NADA. Nada de fondo cambiaría.
Todos soñamos con que nuestros hijos sean sanos,grandes, fuertes y hermosos; además de inteligentes, capaces, bondadosos, creativos y responsables. Sin embargo, nuestro amor no nace por esos motivos. Los queremos única y exclusivamente porque son nuestros; sanos o enfermos; hermosos o feos; fuertes o enclenques, son nuestros y, al ser nuestros, irremediablemente pasamos a ser completamente de ellos. Incluso aunque no seamos "sanitos".

Curioso, no?

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